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Los 10 mandamientos que debe seguir todo comandante de incidencias según José Musse  
 
 
 
   
 
El próximo año sí
José Musse
Publicado - Published: 29/06/2004

Con la risa raspada como solo la puede tener un fumador crónico, su cabello blanco y sus penetrantes ojos azules, Ítalo Potestá Hurtado ha sido el jefe más importante que ha tenido la Antonio Alarco 60. Sin dudas nunca volverá a tener un jefe como el viejo Ítalo. Él renovó a todo el personal voluntario apunta de patadas y agallas. Se enfrentó a delincuentes que se habían apoderado de esa novísima compañía chalaca. Diré para no ahondar en más detalles que hasta encontró en el jardín de la Unidad 60 un arbusto de marihuana. Llegó hasta tal punto la decadencia que no servía el personal existente, los voluntarios más jóvenes estaban corrompidos en sus costumbres y más que servir estorbaban. Bajo su mando, la Alarco 60 fue elogiada en el ámbito nacional e internacional.

La promoción Lorenzo Giraldo Vega, graduaba a 36 voluntarios exclusivamente para la 60, seleccionados integramente por el mismo Ítalo con la finalidad de desplazar a estos viejos bomberos repletos de vicios. El aburrirlos, era muñeca misma de él. El acoso constante, los elevados estándares de exigencia pasmaban y limitaban a la guardia malosa.

Un día llegó al cuartel enojado, bajó al vuelo de su auto color rojo, con su tez más colorada que su Volkswagen escarabajo y con mirada desorbitada, se dirigió directo a mi. Podía tener apenas 18 años, pero sabía muy bien que estaba en problemas, en severo aprieto.

-¿Me has visto plumas en la cara? Me requintó furioso.

Le respondí tímidamente que no, solo para quedar más confundido y sin entender lo que pasaba.

-¿Entonces por qué carajo me llamas comanche? Me cuestionó.

Me prometí, nunca más recurrir a la jerga de decir comanche por comandante y cuando lo volví hacer, me aseguré que cuando llamara nuevamente por teléfono preguntando por alguien del cuartel sería más cuidadoso tapando bien el auricular antes de pasar la voz. Hacía 20 minutos había llamado, así que ya sabía en carne propia que cuando mi superior se enojaba no vacilaba en llegar presto, más cuando vivía tan cerca.

De él aprendí sobre mística, tradición, excelente gerencia, historia y el buen ejemplo que hace que uno se gane el corazón de los ordenados. Casi 20 años después de la lucha que se propuso por limpiar el bomberismo en la 60, ninguno de los que se enfrentó a él, ha logrado algo en la vida. Todos los que lo retaron, son unos don nadie. Lo que se sumaron como sus soldados, ya no son los adolescentes ni jovencitos que formó. Algunos destacan en la administración pública y privada de las más importantes empresas. Buen rasero para saber quien estaba con la mejor gente y quiénes eran los pobres diablos. La vida, cobra indubitables facturas.

Su rostro, propio de la de un niño pendenciero, de rápida mirada y sonrisa socarrona iba unida a una personalidad realmente difícil de engañar, pasearle o marearle. Recibir una llamada telefónica de él en casa, sino era para temblar al menos era para inquietar. Uno había hecho algo mal, era testigo de algo malo o se recibiría la encomienda de alguna tediosa labor.

En el fondo, con Ítalo Potestá tuve una relación difícil. Cuando fue promovido a Vice Comandante Departamental del Callao, estábamos en muy buenas migas, siendo bombero en actividad y su subalterno, nunca visité su casa en esos años, solo lo hice para felicitarle, cuando me reclamó mi ausentismo años después, le dije que fue por pudor. Siempre que tuvo un alto cargo yo me alejé, cuando dejaba el cargo lo frecuentaba como un amigo más. Creo que los amigos verdaderos deben saber guardar distancia, los que quieren aparentar amistad, aprovechándose, los arribistas son los que emergen de la tierra, resucitando cuando uno tiene poder.

Un día cuando ocupaba el cargo de Director de Seguridad del CGBVP, una secretaria le lanzó un piropo delante de mí. “Comandante, que lindos ojos tiene”

-Sale todo el cuerpo completo. Respondió.

Tuvimos grandes encuentros y desencuentros, siempre discutimos por principios como alguna vez reconoció cuando hacia una retrospectiva de mi carrera en público. Ítalo Potestá estuvo a punto de expulsarme del Cuerpo de Bomberos, me suspendió 30 días por infidencia y murmuración contra el superior, cargos realmente horribles. Exactamente diez años después de ese episodio, cosas de la vida, yo había decidido dar por concluida mi carrera bomberil voluntariamente para dedicarme por entero a mis negocios y él, Ítalo era mi empleado. La vida tiene ese extraño humor de jugarnos bromas con recovecos imposibles de evitar.

Teniendo que visitar a un cliente, una acería a 350 kilómetros de Lima, convenimos viajar en su auto. Él, Ítalo, luchaba por ganar el grado de Brigadier Mayor, había visto rechazada su promoción y conversábamos. Le aconsejé: “Deje de parecer tan honrado y lo ascenderán” Efectivamente, lo ascendieron.

Esa madrugada y al retornar en la tarde, criticó el sistema electoral y de ascensos, se despachó a sus anchas, criticando con amplitud. En mi mente, me felicitaba por lo acertado de mi salida institucional, de mi falta de ganas por auto flagelarme permitiéndome recibir ordenes de una calaña de superiores de las que Ítalo Potestá tenía las mismas apreciaciones.

A la altura de la playa Asia, se me ocurrió algo perverso, aunque hacia mucho habíamos amistado después de mi suspensión de 30 días y varios años después aprobó mi promoción a suboficial y luego me propuso con éxito al grado de Teniente, nunca, pero absolutamente nunca habíamos recapitulado por aquel severo castigo que una vez me impuso. Escuchando sus ácidas críticas le dije.

-Comandante, por decir menos a mi casi me expulsan del Cuerpo.

Enmudeció. Por primera vez, desde que lo conocía, el hombre de las salidas rápidas y oportunas, de ágil y veloz mente, de las respuestas contundentes y de difícil réplica, tartamudeó. La desventaja de los hombres blancos es que al sonrojarse su rostro, parecen un faro encendido de noche. Ítalo huelga decir, es muy blanco, aunque en ese instante más que blanco era un tomate cocido.

Me habló sobre lo malo de llevar el rencor encima mientras me esforzaba por parecer serio, realmente tenía ganas de carcajearme. Para mi ese era un capitulo cerrado y que sin embargo, solo me causaba diversión. Dos o tres veces más retomé el tema en son jocoso y claramente burlón, aunque él parecía sonrojarse igualmente. “Estoy esperando que mi Gerente de Ventas me pida un aumento, porque tengo muchas cosas que decirle”

Hoy le agradezco por esa suspensión, no porque aprendiera algo sino porque cuando un bombero torpe me ha increpado por mis denuncias y me acusa de ser un resentido, puedo recurrir a ella como un salvoconducto que muestra una tendencia. No denuncié a mis superiores ni les critiqué cuando dejé de ser bombero voluntario, en realidad sigo manteniendo la costumbre de siempre decir lo que pienso cueste lo que cueste, asunto que manejo en todo los ámbitos de mi vida. Eso sí, con una ética nietzchiana, pues solo me enfrento con los que tienen poder, con los que son más fuertes y poderosos que yo, los débiles no me interesan.

Hace poco tuve la mala fortuna de leer una columna editorial de una revista pidiendo la renuncia de unos funcionarios públicos de un gobierno que ya no existía. ¿Por qué no lo hicieron cuando estaban en plenas capacidades? Es fácil esperar el cambio de gobierno para envalentonarse. En fin, cosas vemos, de cosas no dejamos de sorprendernos, pero hasta para parecer valiente se necesita inteligencia.

De Ítalo es de quien más aprendí como bombero. Un día, en mi oficina convenimos obsequiar un pavo a la 60 por Navidad, que luego se pasó para Año Nuevo. Ítalo deliberaba que era mejor hacerlo así y recompensar a los que renunciaban a la juerga por cumplir su servicio. Mi idea era la Navidad porque pensaba en un pavo congelado entregado previamente para que los bomberos se junten a cocinarlo, cada uno aportando algo en su cocción. Patatas, arroz, puré de manzana, que sé yo. Eso incentiva la camaradería. Finalmente la idea de Ítalo ganó espacio y terminé sufragando la cocción y sus aderezos.

Me había prometido yo mismo no volver a la 60, no quería dar oportunidad a la nostalgia, le pedí que respetara mi decisión y así lo hizo. Él entregaría el pavo en Año Nuevo, lo que sería una sorpresa para todos los que allí habían escogido por el servicio en lugar de la fiesta y tradicional borrachera.

En nochevieja, Ítalo Potestá llegó muy tarde a la 60. Se puso a conversar con todos los bomberos sin comentar nada acerca del pavo que acababa de recojer de una hornería. Acercándose la medianoche, los bomberos comenzaron a irse. Cada vez, menos bomberos en servicio.

Es orden de cuarteles que a las 11 de la noche se cierran las puertas y las instalaciones quedan al mando del Jefe de Guardia, ante él, otros oficiales de mayor jerarquía pierden capacidad de mando hasta las 8 de la mañana siguiente. Pero Ítalo tiene esa personalidad arrasadora y los subalternos que él formó no se atreverían a imponerle su mando. Sería una desconsideración total, algo que solo se guarda para superiores desagradables. Por cierto, aprovecho para confesar ser culpable de haber botado a varios, confieso de paso haber disfrutado cada lanzada a la calle que hice.

Pícaro, Ítalo Potestá, ante la fluida partida de bomberos comenzó a pedirles que no se vayan, que apoyen la guardia, que siempre es en Año Nuevo cuando más bomberos se necesitan, pues existe la costumbre de quemar los artículos viejos, quemar el Año Viejo, despidiéndole en hogueras improvisadas que abarrotan las calles, causando en algunos casos graves incendios.

Un “Por favor quédense muchachos” recibía por respuesta “No podemos comandante, el próximo año sí.”

Cada vez quedaban menos voluntarios de guardia. Se había formado previamente un equipo que asumía el compromiso de cumplir servicio en el día festivo, pero siempre éste es reducido y todo agregado es bien recibido, más en un día tan agitado. Seguía pues Ítalo insistiendo y la misma respuesta permanecía: “No podemos comandante, el próximo año sí.” Una vez más y lo mismo: “No podemos comandante, el próximo año sí.”

Ítalo, se dirigió al último grupo que se despedía, los cercó con los brazos abiertos.

-No se vayan muchachos, quédense, les prometo que la vamos a pasar bien aquí, apoyen ésta guardia, se los pido por favor.

Otra vez más “No podemos comandante, el próximo año sí”

-¿Se van? ¿De todas maneras se van? ¿No hay nada que pueda hacer para convencerlos de que se queden? ¿Seguro que no van a cambiar de idea después? Entonces, ni vuelta que darle ¿De todas maneras se van?

La respuesta seguía siendo un rotundo “No podemos comandante, el próximo año sí”

-Muy bien gracias –les dijo Ítalo, que tengan un Feliz Año!! Abrazó a cada uno despidiéndoles.

-César, dijo llamando a un voluntario.

-Saca del maletero lo que hay por favor.

Un enorme y jugoso pavo de 11 kilos para una guardia rala. Comerían como pocas veces se come en un cuartel de bomberos voluntarios y que yo recuerde era el primer pavo que se veía en la joven compañía. Cuando hubo un intento de retroceso pues el aroma ganaba en la Sala de Maquinas y los bomberos de la guardia sonreían ante el chasco. Ítalo seguía con los brazos extendidos, pero esta vez no para evitar que se fueran, sino más bien para asegurarse que se fueran. “Comandante nos quedamos pues” le ofrecieron.

-De ninguna manera muchachos, queda claro que tienen compromisos impostergables, el próximo año sí.

(*): Site del autor: www.josemusse.com


   
 
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